En realidad no puede haber una asentada teoría del
jardín de la Modernidad
porque los arquitectos, críticos e historiadores no se ocuparon suficientemente
del jardín, menos aún del paisaje, como asunto que pudiera concernirles
demasiado. Aparecerá, eso sí, en muchos proyectos una alternativa conceptual
con transfondo higienista o recreativo representada en la alfombra verde, le
tapis vert, de Le Corbusier.
El jardín histórico se consideraba producto de una
cultura obsoleta. La propia denominación del fenómeno aparecido en la Europa central, movimiento
moderno, entraña significados contrapuestos a la naturaleza sustantiva del
jardín. Movimiento, tanto si se emplea en su sentido mecánico como si se maneja
para expresar una voluntad transformadora colectiva, parece oponerse a los
valores de la quietud y apacible radicación que reclama para sí la propia
noción del jardín. Este es un lugar de tempo lento, preservado de la velocidad
de la vida moderna, tanto como de su mutabilidad formal, y en tal sentido
imprescindible en la constitución urbana de cualquier slow-city que se precie,
por utilizar una expresión de uso actual.
El jardín puede considerarse ante todo un condensador
de tiempo. Todo en él requiere tiempo: desde su desarrollo hasta su cuidadoso
mantenimiento. Por ello, una de las más llamativas y también más coherentes
aportaciones al paisaje de la modernidad (desnaturalizante) sea la del arquitecto
belga Robert Mallet-Stevens, quien propuso, en la Exposición de Artes
Decorativas de París (1925), un arbolado realizado en hormigón siendo una
concepción escultórica que integraba cubismo, expresionismo y art decó. No se
trataba de evocar analógicamente a la Naturaleza, sino de sustituirla con verdaderos
recursos artísticos pertenecientes a un sistema alternativo (de nuevo la
alteridad del arte) al biótico-forestal, demasiado lento, como ya habían
anticipado en sus manifiestos algunos futuristas italianos, especialmente
fascinados por el tempo rápido y la naturoclastia. Una tendencia esta que
incorpora actitudes irreverentes con la Naturaleza, como el caso de Piet Mondrian, quien
pasó de pintar paisajes en su juventud a rechazar hasta la contemplación del
arbolado urbano en su madurez.